viernes, 19 de junio de 2009

Espejos rotos

Mirarse en el espejo resulta ser un acto reflejo. Las primeras veces lo hacía cuando mi abuelo jugaba a afeitarme con su máquina eléctrica philipshave. También, para esa misma época, solía quedarme horas viendo como mi vieja se cargaba los ojos de pintura.

Muchos años después, sólo me reflejaba cuando los sábados a la noche intentaba que la remera me calce justo para “romper la noche”.

Hoy, pasados ya los 30, me levanté con el hígado duro como una piedra. Volví a a enfrentar al espejo después de muchos años. Acerqué mi cara, casi la pego al vidrio. ¿Soy otro? Me veo los ojos hundidos, la frente más ancha y la papada creciendo debajo de la cara. Me alejo un poco y me noto, no gordo, sino más ancho en general desde los pectorales hasta las piernas.

Cuando era un nene a veces me ponía a imaginar como sería de adulto. Me veía en traje y aburrido. El chico que era se cagaría de risa del hombre que soy. Hasta a veces me descubro repitiendo los mismos chistes que a los 18, pero ya no tienen el mismo resultado.

Pese a todo, caí en la cuenta que ya se me terminó el primer tiempo del juego de la vida. A lo que queda, llego más cansado y con el objetivo de sacar un empate honroso antes de partir. En este día de hígado endurecido y espejos rotos, sólo los sueños resultan ser una droga, un aliciente.

lunes, 15 de junio de 2009

Destino

Todas las mañanas a eso de las 6:30 de la mañana, un horario poco alentador para cualquier cosa, tomo el colectivo que me lleva hasta el trabajo. A esa hora la vida en la calle se separa entre quienes nos levantamos y quienes aún no se han acostado. Eso se refleja en las caras, la ropa y los olores. Yo divido ese mundo entre los que saludo, por ejemplo el portero de la esquina, por solidaridad y a los que miro con bronca e indiferencia.

Al colectivero es a otro de los que saludo con énfasis, como explicándole que estamos los dos en la misma: despiertos.

Pero ayer, más dormido que nunca por una resaca que me hacía supurar el hígado, no saludé a nadie. Subí al bondi en silencio, enfilé hacia la máquina y por primera vez vi un cartel que me despertó y me dejó helado: “Por favor indique su destino”. Pensé unos 10 segundos y me bajé. ¿Cuál sería mi destino?

martes, 2 de junio de 2009

Patria

No entiendo a la patria de escudos y auroras
Me resulta una abstracción sin sentido
En cambio, hay ausencias y presencias
Que me atan a este lugar
El mar, en el que siempre buscaba a mi papá
La albahaca y la boina de mi abuelo
La textura de las masas de Taca
El vestido color cielo de mi vieja
La risa y el llanto de los amigos
Y la arena que se escurre entre mis manos