lunes, 21 de julio de 2008

El asalto al kiosco de Natalio

Cuando uno es chico los pasillos y patios del colegio parecen enormes. Alguna vez prueben volver a su colegio de la primaria y verán que la cancha de fútbol que parecía enorme, ahora sólo sirve para jugar un cabeza y que las gradas que parecían del estadio Monumental son apenas un par de escalones.

Con el Cabezón y el Tano recorríamos los pasadizos del colegio República del Perú como si fuéramos Indiana Jones. Podíamos escondernos debajo del escenario del comedor o recorrer un pasillo oscuro al que llamábamos las catacumbas. Por ese pasillo oscuro di mi primer beso, pero eso es otra historia.

En las catacumbas fue donde una tarde de hora libre planeamos el golpe perfecto, la travesura jamás pensada por nadie: el asalto al kiosco de Natalio.

Les cuento, justo al lado de la escuela estaba el local de Natalio y Debora. Era un negocio minúsculo, pero tenía de todo. Desde golosinas y figuritas, hasta trajes de yudo de todos los talles.

Una tarde de primavera esperamos el fin de clases y ejecutamos el plan maestro. Entramos a lo de Nata y mientras el Tano pedía dos plasticolas de colores, con el Cabeza nos mandamos para abajo del mostrador. Ahora, sólo restaba esperar que cierre y abrirle la puerta al Tano.

Teníamos la coartada perfecta para pasar la noche en el local: íbamos a dormir en lo de otro compañero del grado, al cual no le avisamos nada, claro. Natalio no nos había visto y media hora después cerró el local como todos los días, sólo un rato después de la hora de salida de la escuela. Cayó el Tano, le abrimos y empezó nuestra aventura.

Todo estaba oscuro y el pequeño local se abría enorme ante nuestros ojos. Desde los primeros estantes más altos empezaron a caer chorros de colores de las plasticolas, como si fueran cañones. Con sus dotes de tenista, el Cabezón agarró una raqueta de madera que estaba sobre el mostrador y bajó todas los tarritos de un saque.

La cosa se ponía fulera. Parecía que Don Nata tenía todo armado para defender su local a como diera lugar. Avanzamos hacia el fondo del local y recibimos un ataque furioso de los aviones de madera balsa, los mismos que armábamos en la clase de Actividades Prácticas.

Se lanzaban contra nosotros y nos disparaban bolones, unos caramelos horribles que el kiosquero regalaba al primer chico que le abría la ventanita. El Cabezón esta vez no pudo pararlos con la raqueta, pero nos escondimos debajo de unos estantes y logramos despistar a la mini Fuerza Aérea.

Pero la pesadilla continuó. Seguimos por el pasillo hacia la oscuridad total, con rumbo incierto. A la izquierda del pasillo oscuro brillaba una luz. Los tres exploradores nos miramos y, sin hablar, decidimos seguir adelante. Estábamos cerca de descubrir el secreto mejor guardado, cómo hacía Natalio para ser el kiosco mejor provisto del mundo.

Con una pequeña bombita arriba, apareció ante nuestros ojos una caja fuerte de las tradicionales con combinación y todo. Otra vez las miradas y avanti, pero cuando estábamos llegando empiezan a llovernos desde los costados un montón de figuritas redondas de lata con las caricaturas de los jugadores del momento.

A mí me cortó la cara la del Loco Gatti y el cabezón sufrió una herida en la pierna del mismísimo Roberto Pasucci. Ya era demasiado para nosotros, apenas unos aprendices de Indiana Jones.

Mientras intentábamos salir del kiosco maldito nos cortaron el camino tres trajes de yudo que estaban parados frente a nosotros con cinturón negro, pese a que no tenían ni cabeza, ni manos. Se pusieron al costado nuestro y apenas con un gesto nos hicieron huir despavoridos de lo de Nata.

Ya estaba amaneciendo y nos quedamos sentados en la puerta del Perú a esperar que sea la hora de entrar. Al rato llega Natalio con su Renault 12 azul y abre su kiosco maldito. Todo estaba en orden y el buen hombre nos ofreció un bolón si le abríamos la ventana. Nos negamos rotundamente y con el Cabezón y el Tano nunca más hablamos del tema. El misterio aún continúa vigente por las calles de Floresta.

jueves, 10 de julio de 2008

Todo está guardado en la memoria

Antes de vivir con mi familia disfuncional en la casa de Floresta, tuve otra vida -que en realidad no llegue a vivirla- junto con mi mamá y mi papá en un departamento del coqueto barrio de Palermo, al cual volvería muchos años después.

Tengo algunos recuerdos que quedaron rondando en mi cabeza y cada tanto vuelven disparados desde mi memoria por algún olor, imagen o palabra que abre uno de esos cajones que son igualitos a los del ropero que mi abuela tenía en su pieza de la calle Mercedes. Entonces me pongo a viajar, salgo por cualquier ventana y vuelo como un fantasma en busca del pasado que ya fue.

Cuando yo tenía unos 9 años, uno de los novios de mi vieja, en su intento de recrear una familia ideal nos llevó al autocine a ver la primera de Rambo, un veterano de Vietnam que se volvía loco y mataba solo a todo un ejército de policías. Estábamos en su BMW color rojo.

En un instante, me transformé en el fantasma volador y me trasladé a un Renault 12, también rojo. Yo era casi un bebé y mientras dormitaba en el asiento de atrás del auto tapado por una frazada también roja, veía en una pantalla gigante como una mujer intentaba salir de un encierro y era golpeada por policías. Todo un signo de aquellos tiempos, pero eso todavía no lo sabía.

Otra vez, yo tenía unos 6 años y mi vieja insistía con presentarme a sus novios. Esta vez, un descendiente de alemanes nos llevó a navegar por el Tigre. Yo estaba en la cubierta mirando el río, las lanchas, los remeros que pasaban por el costado y los árboles que eran como los del bosque de Alicia, esos que hablaban.

En un momento, aparezco en la parte de adelante de la lancha y veo a mi vieja abrazada con el hombre rubio. Otra vez el flash, y vuelo hacia lo que ya fue. Desde el aire me veo con menos de 2 años tambaleándome y abrazando a mis viejos, mientras ellos se besaban. Es la única imagen que tiene mi cerebro, y mi corazón, de ellos juntos.

Después de la separación, caímos en la casa de Floresta y mi vieja no volvió a pisar el departamento de Palermo. Todo indica que aún nos perseguían esos mismos hombres malos que habían echado a mi viejo de Argentina. Eran también fantasmas, pero de los malos.

Recién unos 20 años después, mi vieja pudo volver a Palermo y así dejamos la casa de Floresta para siempre. La primera vez que entré al departamento del décimo piso todo me resultó conocido. El olor del pasillo, la puerta bordó, el piso de madera y la cocina larga y luminosa. Mi pieza estaba intacta, sólo le faltaba la cuna, creo. Estaban los mismos sillones de mimbre y los almohadones de esa tela que pincha

Pero de nuevo, salgo al pasillo y en el cuartito que hay para tirar la basura, que está frente al ascensor, un olor me transforma en ese fantasma volador. Ahí estaba la compuerta del incinerador, pero 20 años antes. Yo apenas caminaba y a través de la puerta entornada estaba mi vieja tirando decenas de libros por esa compuerta, mientras lloraba, como nunca la había visto hasta ese momento.

Esa misma noche, con mi mamá llenamos dos valijas de cuero con ropa, algunos juguetes en un bolsito y nos fuimos hacia la casa de Floresta. Una nueva vida empezaba, pese a la oscuridad.

miércoles, 9 de julio de 2008

Viaje insólito por el interior de Alicia

Los domingos solía levantarme temprano. Como en la tele no había demasiado para ver, armaba mis propias películas con los muñequitos de las Guerras de las Galaxias, a los que se agregaba un Robin sin Batman y un Temerario vestido a lo Rambo. Juntos peleaban para defender la Tierra del ataque de los marcianos.

Un domingo, mi vieja empezó con el operativo “este domingo tenés una salida”. Pelo con raya al costado, bermuda, camisa nueva y las botanguitas que tanto me hacían doler los pies. Al rato, luego del fondo blanco de leche, llega mi tía y mi prima, que vivían sobre el pasaje Jacarandá, también, vestidas para lo que parecía una gran ocasión.

Arrancamos por Mercedes para el lado de Juan B. Justo, una de las fronteras que todavía, a mis 8 años, sólo cruzaba acompañado. Tomamos el 34 color azul y con mi prima jugamos a ver quien veía más autos amarillos. Llegamos a destino, era el mismo lugar dónde mi abuela Taca solía llevarme a ver vacas y caballos durante las vacaciones de invierno. Había una larga cola que giraba dentro del lugar. Mucho años después me enteré que era La Rural.

Pasamos toda la mañana y la tarde avanzando a paso de tortuga para llegar a ver “algo” que en ese momento todavía no entendía bien que era. Mi tía sacaba unos panchos maravillosos de su galera-termo con agua caliente. Con mi prima le mandábamos savora y adentro. De otro recipiente venía un jugo que mantenía el frío pese al tiempo. Cada tanto íbamos hasta un galpón a llamar por teléfono para avisar que faltaba, que todavía no habíamos llegado al final del viaje.

Caía la noche sobre la rural, a mí las botanguitas ya me apretaban demasiado y estaba a punto de tirar la estrategia del llanto que me devuelva a mi casa de Floresta de una vez por todas. Pero en eso, ante mí aparece la protagonista principal de este viaje: la muñeca Alicia. La aventura estaba por comenzar.

Aunque parezca surrealista, la enorme Alicia nos esperaba acostada con la boca abierta, vestida con un blue jean y una camisa roja, muy estilo setentas. Pisamos su lengua, mientras en los costados mirábamos sus labios y algunas muelas cariadas. Mi prima abría los ojos como dos aceitunas negras y yo todavía hoy recuerdo la extraña sensación de pisar una lengua.

Yo era una miniatura, me había tomado la pastilla de chiquitolina, tenía el mismo tamaño que mi muñequito favorito Luke Skywalker, y me estaba metiendo en el cuerpo de Alicia. Pasamos por la garganta y tuvimos que agacharnos para no chocarnos con la campanilla.

Seguimos bajando por un pasillo, que creo que era el esófago y llegamos a un gran espacio que tenía un piso parecido a la lengua: era el estómago. Desde ahí vimos el hígado a un costado y arriba el corazón latiendo con fuerza. ¿Alicia estaría enamorada? Por el costado pasaban las venas y arterias como cables de luz.

La última sorpresa fue que nuestra nueva amiga estaba embarazada. Pasamos cerca de su bebé que flotaba en el agua con los ojitos cerrados y era mucho más enorme que yo, lo que avalaba mi teoría que con el jugo de mi tía venía incorporada la pastillita del Chapulín Colorado.

Dimos varias vueltas por el intestino y, finalmente, Alicia, nos echó de su cuerpo como si fuéramos mierda. Se había terminado la amistad parece. Yo volví a mi tamaño normal, caminamos por Santa Fe a buscar el 34 que nos lleve de nuevo a casa.

Del viaje no recuerdo nada, me debo haber dormido. Esa noche me acosté muy tarde y soñé que por adentro de mi cuerpo caminaba gente extraña. Por suerte esa mañana evacué todos mis problemas en el baño.