martes, 25 de marzo de 2008

Un nene en el mundo de los adultos

Soy hijo único y crecí rodeado de adultos en una familia de las llamadas disfuncional. En la casa de Mercedes viví con mi mamá, mi abuela, mi abuelo y mi tía. Ustedes ya saben, “los grandes” se cansan rápido de jugar con los chicos y, además, manejan otro idioma y su imaginación es limitada por el paso de los años y los golpes de la vida.

Sin embargo, mi abuelo se esforzaba por llevarme a la plaza. Igual, no recuerdo que intente enseñarme a jugar al fútbol. Quizá lo conocí ya cansado y viejo. Yo peloteaba y tiraba paredes contra la pared del corralón de al lado de casa. Intentaba emular a Garcha, el monstruo del pasaje Don Cristóbal.

Mi abuela, pobre, tampoco sabía que hacer conmigo. Por las tardes me llevaba a la pieza de la terraza, dónde estaba su taller de costura. Me daba una tela, botones y a coser. A la vieja le daba el sol sobre la máquina Singer. Nos quedábamos toda la tarde ahí hasta que se iba el sol y venía el frío.

Mis días pasaban, también, con mi “amiga” la tele. Me quedaba horas frente al televisor. Arrancaba con un tipo que gritaba y hacia caminar a los paralíticos por la mañana. Era Club 700 y me paralizaba frente a las historias de ciegos que volvían a ver con sólo un toque en la frente. Seguía con las series del mediodía. Mi favoritas eran el Llanero solitario y el Zorro.

Yo tenía un sombrero de “convoy”, así le decía mi abuela Taca, y una cartuchera sin revolver (el arma se había perdido en alguna visita de mis primos) y mi caballo era un banquito marrón de esos que se hacen escalera. “Aiu Silver”, gritaba y hacía el sonido del galope con mi boca mientras perseguía a ladrones de bancos.

Luego del almuerzo, mi vieja me cortaba la tele. Decía que se recalentaba y podía explotar. Yo imaginaba el tremendo aparato volar por los aires y le hacía caso. Ahí empezaba a armar mis propias historias sobre la alfombra de mi pieza.

Entonces, sin la tele me quedaban los muñequitos de La Guerra de las Galaxias y los hacía participar en miles de películas. Jugaban partidos de fútbol, la princesa Leia iba al arco, y guerras en plena pieza con las sillas y el banquito marrón como naves espaciales. Estaban divididos entre buenos (los humanos) y malos (“los extraterrestres” con Darth Vader a la cabeza). Así fue corriendo la década del 80.

Por favor, no bombardeen Buenos Aires

Todos los jueves acompañaba a mi abuela a la feria de la calle Bahía Blanca. Yo era el encargado de llevar el changuito. A la ida era un fórmula 1, hacía willy en los cordones y hasta jugaba carreras con las señoras que iban adelante en procesión hacia la feria. La vuelta no era tan divertida, el changuito rojo cargado apenas me permitía moverlo.

Taca iba adelante y siempre se robaba alguna plantita que le gustaba de los jardines de los vecinos. Un día un helecho, otro día una lavanda, siempre se llevaba algo para plantar en la casa de la calle Mercedes.

La feria era una especie de circo, pero sin carpa principal. Empezaba por las frutas y verduras. Ahí ya el changuito estaba lleno. Después pasábamos por el paraíso de la quesería. Don Oscar siempre me daba un pedacito de queso o alguna aceitunita. Nunca más volví a comer aceitunas de ese tamaño, se los juro. Al final estaban las pescaderías con un olor tan fuerte que creo que me hizo odiar el pescado para siempre.

Una mañana de otoño, Taca llevó dos changuitos en vez de uno. Los cargó los dos hasta el tope. Mientras volvíamos mis quejas llegaron hasta tal punto que mi abuela confesó su temor: “Lo que pasa es que estamos en guerra con Inglaterra y no sé lo que puede pasar”.

Yo siempre había jugado a la guerra. Usaba el paraguas de mi vieja como rifle, una cantimplora enganchada en el pantalón y el casco rojo de la patineta. Jugaba a ser el sargento Sanders de la serie Combate. Mis objetivos eran la toma del comedor o patrullar la última pieza, donde dormían mi vieja y mi tía. Pero parece que esta vez la cosa iba en serio.

Llegamos a Mercedes con los dos changuitos y mi abuela llenó la parte de arriba de la alacena amarilla de la cocina. La guerra era lejos de Floresta, pero existía la posibilidad de que bombardeen Buenos Aires, eso decían.

En el colegio, yo estaba en segundo grado, me explicaron la importancia estratégica de dos islas en el sur del país. La maestra, llamémosla Marité, nos contó que las Malvinas eran la llave para dominar los océanos Atlántico y Pacífico. Nos pidieron que escribamos cartas para los soldados que estaban peleando. Yo no recuerdo haber escrito nada, pero si llevé chocolates y una bufanda marrón muy larga.

Desde ese momento tengo una especie de laguna. De la guerra no se habló más. Mi abuela fue vaciando la alacena amarilla de a poco. Nunca más usamos dos changuitos para ir a la feria y en el colegio usamos el salón de música para ver los partidos del Mundial 82. Yo empecé a soñar con conseguir en algún lado la figurita de Paolo Rossi, la más difícil del álbum.

Un par de años después en la peluquería de JR, le decíamos así por su parecido al malo de la serie Dinastía, pude ver algunas tapas de la revista GENTE. Yo no entendía muy bien la historia. Se contaba como un partido de fútbol. Parece que íbamos ganando, pero al final perdimos. Y así fue.

sábado, 15 de marzo de 2008

El monstruo del pasaje Don Cristóbal

El barrio donde me crié está plagado de pequeños pasadizos que tienen un máximo de extensión de dos cuadras. Son los pasajes que, además, tienen nombres muchos más copados que las calles que recuerdan próceres muertos.

Mi prima vivía cerca de mi casa en un pasaje que se llama Jacarandá. Usábamos ese asfalto para aprender a patinar. Nuestro “patinando por un sueño” lo jugamos con unos de ruedas y tiras naranjas. Ibamos desde el Peugeot 404 bordó de mi tío Enrique hasta la calle Camarones. No podíamos pasar de esa cuadra porque el colectivo 25 era una gran amenaza.

El pasaje Haití, a la vuelta de mi casa, estaba vedado para mí. Yo era amigo de los chicos de Remedios de Escalada y la rivalidad con “Los Polacos” del pasaje era tremenda. Se disputaba en los desafíos al fútbol o en carreras de carritos con rulemanes.

Mar del Plata era otro pasaje que solía transitar. Ahí vivía el Cabezón. Un chico que a los 10 años tenía la fuerza de un hombre de 40, se los juro. En la puerta de su casa jugábamos al tenis. Los cuadrados de brea eran las líneas del court central del Pasaje Mar del Plata.

El Cabeza tenía una muñeca increíble para el simulacro de tenis que jugábamos. Imitábamos a Vilas y Clerc. Usábamos muñequeras, nos soplábamos las manos para lograr la concentración adecuada y mirábamos los encordados de nuestras raquetas de madera.

Ya de más grande cuando comencé a cruzar la frontera de las avenidas Juan B. Justo y Gaona, fuimos a dar con el Cabezón al pasaje Don Cristóbal.

En esa callecita de una cuadra se practicaba fútbol de alto nivel. Recuerdo a un muchacho, en ese momento de unos 11 años. Le decían Garcha, pero no piensen mal era sólo porque su apellido era García. Era imposible quitarle la pelota de los pies. Iba de arco a arco tirando paredes con el cordón o con las ruedas de los autos. Les juro que los pases entre Bochini y Bertoni no se comparan con la habilidad de Garcha.

Una tarde tuvimos un desafío con Los Polacos de Haití. Esta vez, el clásico se iba a jugar en la cancha de tierra del Poli. Todas nuestras esperanzas estaban en Garcha. No voy a relatarles el cotejo. Sólo les cuento que perdimos por un lapidario 5-0.

Claro ninguno de nosotros tenía la precisión de un cordón para devolverle una pared al monstruo del pasaje Don Cristóbal. Luego de la derrota lo vimos salir a Garcha con sus medias de tubo bajas y sus topper de lonas color marrón. Le pegó derecho por Mercedes, en silencio, hasta su casa.

Nunca volvió a ser el mismo. Años después, se decía en el barrio, emprendió una larga caminata. Su objetivo era llegar hasta California y convertirse en estrella de rock. Nunca más se supo de él.