sábado, 5 de abril de 2008

La lejana patria de la felicidad

Villa Gesell es para mí como la felicidad misma. Allí nos mudábamos con mi familia todos los veranos desde chico. Allí conocí el mar, me acerqué por primera vez a las chicas en la adolescencia y, también, conocí al amor de mi vida. Pero esa es otra historia.

Cada vez que se acercaba diciembre yo empezaba a ver y oler los signos de nuestro viaje a la patria de la felicidad. Mi abuela se ponía frenética a cocinar un pandulce tras otro. Mi nariz todavía recuerda el aroma del agua de azar. Yo la acompañaba a comprar los moldes en una papelera de la calle Mercedes. El vendedor era rengo y de rulos blancos. Siempre estaba fumando, pero siempre eh. Me regalaba moldecitos y yo armaba mis propios y humildes pandulces.

Mi abuelo llevaba el Valiant al mecánico, a la vuelta de casa en pleno pasaje Haití, el de Los Polacos. Imaginen a Don Barrito: vivía manchado de grasa y siempre estaba con dos o tres autos a medio armar en la puerta de su casa, el asfalto era su taller. Años después, lo vi en el velorio de mi abuelo de punta en blanco, irreconocible.

Otra señal de que nos íbamos, era que se abría la puerta más lejana del ropero de la abuela y se bajaban las valijas. Mi tía y mi mamá se la pasaban peleando. La disputa era a muerte para dilucidar qué ropa nos acompañaba al viaje al mar. Al final todo se zanjaba cuando se acercaba la fecha de la partida. Otro día les cuento los increíbles viajes en el Valiant blanco de mi abuelo.

Ahora vayamos a otro tema. Ya en la Villa, como le decimos los amantes de esas playas, una tarde lluviosa yo estaba acostado leyendo unas revistas de historietas usadas que compraba mi abuela. Estaba metido de lleno en las aventuras de Nippur de Lagash, un guerrero de espada afilada y buen corazón. En el final de la historia muere uno de sus mejores amigos, por la traición de un rey malvado. El último cuadrito era tremendo: uno de mis héroes favoritos llorando la muerte de su compinche más querido. Cerré la revista y me largue a llorar, yo también, como lo que era, un nene.

Trate de esconderme entre las decenas de almohadones que mi abuela solía poner en los sillones. Pasó mi abuelo para la pieza con su radio Tonomac a todo lo que da y no se dio cuenta.

¿Qué es la muerte? ¿Qué pasa cuando te morís? Son preguntas que aún hoy me persiguen. Pero ese día me las hice por primera vez. Al rato mi vieja me vio los ojos colorados y se me sentó al lado. Le conté como pude lo del amigo de Nippur y la muerte. Me abrazó fuerte. El olor de madre les juro, es curativo.

Después le pregunté: ¿Vos te vas a morir? Sí, me dijo, pero cuando vos seas ya un hombre grande y ya casi no me necesites. Enseguida retruqué: ¿Y mi papá se murió? Tardó en responder. Me miró y me dijo: Está vivo, pero vive muy lejos y por ahora no puede venir. Desde ese momento lo esperé.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"Caminante": Ma´que lejana. La patria de la felicidad está más cerca que nunca después de leer estás líneas.
Gracias. Es increíble soy 6 años más viejo que vos pero parece que hubiera vivido muchos momentos calcados. Cambiale fechas y juguetes. Pero hay sentimientos que son muy parecidos
Gracias

Anónimo dijo...

Muy bueno. Durante mucho tiempo mi viejo también vivió lejos, al menos para las maestras del colegio y algún que otro vecino chusma. Para mi, la lejanía era otra y siempre cambiante, de penal en penal. Y las poquísimas veces que podía ir a visitarlo, hacía un recorrido de celda en celda, donde los "tios" (así me decía mi viejo) me daban caramelos, que sólo podía abrir al salir del penal, previa supervisión de mi vieja, que retiraba los papelitos con mensajes que traían adentro. Lo que dolía no era que viviera lejos, o que no pudiera visitarme en casa, lo que dolía de verdad, era no saber si un dia iba a volver.Después todo se complicó y ya no hubo ni visitas a mi viejo, ni caramelos de los "tíos". Y yo esperé su vuelta en Madrid, con otros "tíos", que como podían intentaban achicar la distancia entre mi viejo y yo. Muchas Gracias! Un abrazo fuerte. Juan.